martes, 9 de noviembre de 2021

Lectura09/11/2021

Fiesta de la Dedicación de la Basílica de Letrán

Primera Lectura
  Ez 47, 1-2. 8-9. 12  

En aquellos tiempos, un hombre me llevó a la entrada del templo. Por debajo del umbral manaba agua hacia el oriente, pues el templo miraba hacia el oriente, y el agua bajaba por el lado derecho del templo, al sur del altar.
Luego me hizo salir por el pórtico del norte y dar la vuelta hasta el pórtico que mira hacia el oriente, y el agua corría por el lado derecho.
Aquel hombre me dijo: "Estas aguas van hacia la región oriental; bajarán hasta el Arabá, entrarán en el mar de aguas saladas y lo sanearán. Todo ser viviente que se mueva por donde pasa el torrente, vivirá; habrá peces en abundancia, porque los lugares a donde lleguen estas aguas quedarán saneados y por dondequiera que el torrente pase, prosperará la vida. En ambas márgenes del torrente crecerán árboles frutales de toda especie, de follaje perenne e inagotables frutos. Darán frutos nuevos cada mes, porque los riegan las aguas que manan del santuario. Sus frutos servirán de alimento y sus hojas, de medicina".

Salmo Responsorial
  Salmo 45, 2-3. 5-6. 8-9  

R. (5) Un río alegra a la ciudad de Dios. 
Dios es nuestro refugio y nuestra fuerza, 
quien en todo peligro nos socorre. 
Por eso no tememos, aunque tiemble, 
y aunque al fondo del mar caigan los montes. 
R. Un río alegra a la ciudad de Dios. 
Un río alegra a la ciudad de Dios, 
Su morada el Altísimo hace santa. 
Teniendo a Dios, Jerusalén no teme, 
porque Dios la protege desde el alba. 
R. Un río alegra a la ciudad de Dios. 
Con nosotros está Dios, el Señor; 
es el Dios de Israel nuestra defensa. 
Vengan a ver las cosas sorprendentes 
que ha hecho el Señor sobre la tierra: 
R. Un río alegra a la ciudad de Dios. 

Segunda Lectura
  1 Cor 3, 9-11. 16-17  

Hermanos: Ustedes son la casa que Dios edifica. Yo, por mi parte, correspondiendo al don que Dios me ha concedido, como un buen arquitecto, he puesto los cimientos; pero es otro quien construye sobre ellos. Que cada uno se fije cómo va construyendo. Desde luego, el único cimiento válido es Jesucristo y nadie puede poner otro distinto.
¿No saben acaso ustedes que son el templo de Dios y que el Espíritu de Dios habita en ustedes? Quien destruye el templo de Dios, será destruido por Dios, porque el templo de Dios es santo y ustedes son ese templo.

 Aclamación antes del Evangelio
  2 Crón 7, 16  

R. Aleluya, aleluya. 
He elegido y santificado este lugar, dice el Señor, 
para que siempre habite ahí mi nombre. 
R. Aleluya.

 Evangelio
  Jn 2, 13-22  

Cuando se acercaba la Pascua de los judíos, Jesús llegó a Jerusalén y encontró en el templo a los vendedores de bueyes, ovejas y palomas, y a los cambistas con sus mesas. Entonces hizo un látigo de cordeles y los echó del templo, con todo y sus ovejas y bueyes; a los cambistas les volcó las mesas y les tiró al suelo las monedas; y a los que vendían palomas les dijo: "Quiten todo de aquí y no conviertan en un mercado la casa de mi Padre".
En ese momento, sus discípulos se acordaron de lo que estaba escrito: El celo de tu casa me devora.
Después intervinieron los judíos para preguntarle: "¿Qué señal nos das de que tienes autoridad para actuar así?" Jesús les respondió: "Destruyan este templo y en tres días lo reconstruiré". Replicaron los judíos: "Cuarenta y seis años se ha llevado la construcción del templo, ¿y tú lo vas a levantar en tres días?"
Pero él hablaba del templo de su cuerpo. Por eso, cuando resucitó Jesús de entre los muertos, se acordaron sus discípulos de que había dicho aquello y creyeron en la Escritura y en las palabras que Jesús había dicho.


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